El sol brillaba como
aquellos días de verano que calientan el corazón. Y definitivamente calentaba
el corazón de muchos en el Asentamiento Humano “2 de mayo” de El Agustino. Pero los calentaba de rabia e
indignación. La sangre de la familia
Sánchez Mendoza hervía como lava recorriendo por sus cuerpos llenos de ira tras
encontrar al más pequeño de la casa, atrapado en las garras de un monstruo depredador
que deseaba con locura y sin pudor, abusar sexualmente del inocente Mariano de 6
años.
José Francisco Vargas Roca,
el hombre aparentemente más humilde y noble de todo el Asentamiento Humano “2 de mayo” de El Agustino, pasó de tener la
admiración, respeto y cariño de sus vecinos a recibir golpes, insultos y odio
de parte de quienes en algún momento depositaron su confianza absoluta en él.
Sus deseos por conseguir una pareja lo llevaron a destruir infancias de niños
inocentes, quienes gritaban en silencio tras las amenazas de éste. Pero esta
última vez la estrategia de siempre no funcionó como él pensaba. Jamás se había
imaginado que un niño de 6 años trataría de librarse de sus bruscos jaloneos a
través de gritos casi inaudibles, tan inaudibles que solo el corazón de una
madre era capaz de escucharlos.
Doña Silvia, madre de Mariano, se encontraba haciendo los quehaceres del
hogar, pero de repente sintió una punzada en el corazón. Sentía como si mil
kilos de rocas se caían sobre su pecho y poco a poco se iba quedando sin aire.
Su mente no atinó más que a pensar en su hijo y al ver el reloj, se percató que
su pequeño llevaba 45 minutos de retraso. Entonces recordó que había visto un
poco alterado a José Vargas cuando coordinaban la hora en la que él debía
recoger al pequeño, pues doña Silvia no podía moverse de casa, ya que su madre
estaba delicada de salud.
Trató de tomar aire. Se
sirvió un vaso con agua tibia y tomó una cucharada de agua de azar. Su sexto
sentido le decía que algo le pasaba a su pequeño y su instinto de madre, le
susurraba que el culpable era don José. Su corazón latía tan fuerte como diez
bombos atrapados en el interior de una caja y tan rápido como un auto a tres
mil kilómetros por hora. Eso le decía que su hijo, no estaba en buenas manos.
Ella empezó a desconfiar del gentil y respetuoso vecino que siempre estaba
dispuesto a ayudar a quien esté en problemas.
Sus ojos empezaron a botar
lágrimas sin que ella se dé cuenta hasta que los rayos de luz le llegaban
directamente a la cara y le impedían ver con claridad. Decidió cortar camino
por un pasaje al cual no ingresaba luz, ni aunque mil faros le dieran
directamente, con la intensión de llegar lo más rápido al colegio de su amada
criatura. Al ingresar al oscuro pasaje, escuchó un imperceptible grito que se ahogaba
en lágrimas. Sintió que una montaña de ideas asesinas caían sobre ella y por un
segundo, su mente le hizo creer que su corazón se paró, sin saber si era por la
pena o la cólera. O quizá por ambas sensaciones al ver a su pequeño hijo
tratando de salvarse de ser violado por un hombre viejo, jorobado, de poco pelo
y canoso, de vestimenta descuidada. Era José Vargas.
La madre del indefenso
Mariano no dudó y se fue encima del salvaje que tenía intensión de abusar
sexualmente de su pequeño. Con una piedra del tamaño de su corazón, doña
Silvia, le dio tan fuerte como la impresión que se había llevado al ver al niño
de sus ojos luchando con las fuerzas que el destino le había mandado para que
el inhumano hombre no le baje el pantaloncito talla ocho. Sin pensar en lo que
podía pasarle por lo que sus impulsos la estaban llevando a hacer, le tiró la
piedra en la cabeza y el anciano hombre cayó al suelo empedrado y lleno de tierra, golpeándose la cabeza al desplomarse como un muñeco de papel tras el
soplo del viento.
Los vecinos no tardaron en
llegar y al ver la escena, se unieron al dolor e indignación de la madre. Casi
de inmediato, hicieron justicia con sus manos y quemaron al inconsciente
hombre. No llamaron a las autoridades, ni a la prensa, mucho menos a una
ambulancia. Ya era tarde para retractarse. Lo quemaron como a un muñeco en
víspera de Año Nuevo. No quedó remordimiento en ninguno de los vecinos. Y como
si fuera planeado, lo tiraron a un pozo que se hallaba cerca del lugar. Casi de
inmediato, un par de gotas cayeron sobre el rostro del pequeño Mariano, y como
si un ángel le hablara, en su rostro se dibujó una sonrisa que indicaba que todo
había terminado. Había sido la tortura del final.
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