viernes, 20 de junio de 2014

La tortura del final

El sol brillaba como aquellos días de verano que calientan el corazón. Y definitivamente calentaba el corazón de muchos en el Asentamiento Humano “2 de mayo”  de El Agustino. Pero los calentaba de rabia e indignación.  La sangre de la familia Sánchez Mendoza hervía como lava recorriendo por sus cuerpos llenos de ira tras encontrar al más pequeño de la casa, atrapado en las garras de un monstruo depredador que deseaba con locura y sin pudor, abusar sexualmente del inocente Mariano de 6 años.

José Francisco Vargas Roca, el hombre aparentemente más humilde y noble de todo el Asentamiento Humano “2  de mayo” de El Agustino, pasó de tener la admiración, respeto y cariño de sus vecinos a recibir golpes, insultos y odio de parte de quienes en algún momento depositaron su confianza absoluta en él. Sus deseos por conseguir una pareja lo llevaron a destruir infancias de niños inocentes, quienes gritaban en silencio tras las amenazas de éste. Pero esta última vez la estrategia de siempre no funcionó como él pensaba. Jamás se había imaginado que un niño de 6 años trataría de librarse de sus bruscos jaloneos a través de gritos casi inaudibles, tan inaudibles que solo el corazón de una madre era capaz de escucharlos.

Doña Silvia, madre de Mariano, se encontraba haciendo los quehaceres del hogar, pero de repente sintió una punzada en el corazón. Sentía como si mil kilos de rocas se caían sobre su pecho y poco a poco se iba quedando sin aire. Su mente no atinó más que a pensar en su hijo y al ver el reloj, se percató que su pequeño llevaba 45 minutos de retraso. Entonces recordó que había visto un poco alterado a José Vargas cuando coordinaban la hora en la que él debía recoger al pequeño, pues doña Silvia no podía moverse de casa, ya que su madre estaba delicada de salud.

Trató de tomar aire. Se sirvió un vaso con agua tibia y tomó una cucharada de agua de azar. Su sexto sentido le decía que algo le pasaba a su pequeño y su instinto de madre, le susurraba que el culpable era don José. Su corazón latía tan fuerte como diez bombos atrapados en el interior de una caja y tan rápido como un auto a tres mil kilómetros por hora. Eso le decía que su hijo, no estaba en buenas manos. Ella empezó a desconfiar del gentil y respetuoso vecino que siempre estaba dispuesto a ayudar a quien esté en problemas.

Sus ojos empezaron a botar lágrimas sin que ella se dé cuenta hasta que los rayos de luz le llegaban directamente a la cara y le impedían ver con claridad. Decidió cortar camino por un pasaje al cual no ingresaba luz, ni aunque mil faros le dieran directamente, con la intensión de llegar lo más rápido al colegio de su amada criatura. Al ingresar al oscuro pasaje, escuchó un imperceptible grito que se ahogaba en lágrimas. Sintió que una montaña de ideas asesinas caían sobre ella y por un segundo, su mente le hizo creer que su corazón se paró, sin saber si era por la pena o la cólera. O quizá por ambas sensaciones al ver a su pequeño hijo tratando de salvarse de ser violado por un hombre viejo, jorobado, de poco pelo y canoso, de vestimenta descuidada. Era José Vargas.

La madre del indefenso Mariano no dudó y se fue encima del salvaje que tenía intensión de abusar sexualmente de su pequeño. Con una piedra del tamaño de su corazón, doña Silvia, le dio tan fuerte como la impresión que se había llevado al ver al niño de sus ojos luchando con las fuerzas que el destino le había mandado para que el inhumano hombre no le baje el pantaloncito talla ocho. Sin pensar en lo que podía pasarle por lo que sus impulsos la estaban llevando a hacer, le tiró la piedra en la cabeza y el anciano hombre cayó al suelo empedrado y lleno de tierra, golpeándose la cabeza al desplomarse como un muñeco de papel tras el soplo del viento.

Los vecinos no tardaron en llegar y al ver la escena, se unieron al dolor e indignación de la madre. Casi de inmediato, hicieron justicia con sus manos y quemaron al inconsciente hombre. No llamaron a las autoridades, ni a la prensa, mucho menos a una ambulancia. Ya era tarde para retractarse. Lo quemaron como a un muñeco en víspera de Año Nuevo. No quedó remordimiento en ninguno de los vecinos. Y como si fuera planeado, lo tiraron a un pozo que se hallaba cerca del lugar. Casi de inmediato, un par de gotas cayeron sobre el rostro del pequeño Mariano, y como si un ángel le hablara, en su rostro se dibujó una sonrisa que indicaba que todo había terminado. Había sido la tortura del final.